La sangre del pulpo es roja

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Cristina Martínez Benítez de Lugo.

El pulpo, tan rico, tan consumido en los hogares españoles por navidad y fuera de ella, tan identificado con las costas gallegas, resulta que no viene de España y que arrastra una carga de ilegalidad a costa del sufrimiento de un pueblo, el saharaui.

Se nos viene diciendo desde hace tiempo, y recientes artículos nos recuerdan que el pulpo de Dajla nos lo venden como marroquí, que altos cargos marroquíes se enriquecen con este negocio ilegal a la luz de las sentencias del Tribunal de Justicia de la UE, en el que participan empresas españolas desoyendo las prohibiciones internacionales.

Quizá, si supieramos que el pulpo que consumimos ayuda a la aniquilación y el empobrecimiento del pueblo saharaui, algo podría cambiar en nuestros hábitos gastronómicos.

La inmensa mayoría del pulpo que se comercializa en este país no es gallego. Se envasa en Galicia, se distribuye desde allí, pero procede del Sahara Occidental ocupado, ese territorio que España cedió a Marruecos como si fuera una finca y no un Pueblo, contraviniendo la legalidad internacional que le obligaba a garantizar el derecho de autodeterminación de los saharauis mediante un referéndum.

44 años después, nada ha cambiado. El exterminio y la barbarie a que son sometidos los saharauis, prisioneros en su propia tierra, favorece el expolio de sus recursos naturales. Del pulpo, también.

El pulpo que comemos es arrebatado a sus legítimos dueños, los saharauis. Marruecos negocia con grandes empresas que se llevan el pulpo y lo venden en Galicia, y nos parece que es gallego porque el pulpo siempre ha sido gallego. Estas empresas deben asociarse con empresas marroquíes para llevarse el pulpo porque Marruecos no quiere soltar el pastel. Pero eso permite a las empresas españolas pasar desapercibidas.

Nadie es inocente en este latrocinio. Las instituciones españolas y europeas no vigilan la procedencia ni la trazabilidad ni el etiquetado de los productos expoliados, que acaban pasando como marroquíes en muchos casos, cuando a Marruecos ya no le queda pulpo en sus costas. A lo sumo, puede que encontremos en los envases una procedencia llamada zona FAO 34, que abarca desde Marruecos hasta Angola, o incluso zona FAO 34.1, que comprende el Sahara Occidental y Mauritania. O que no ponga nada. Así que con esos datos, vaya Vd. a saber de dónde viene el pulpo. Cuando se genera una información tan imprecisa, hay que sospechar.

O directamente, algunas empresas anuncian descaradamente sus productos como procedentes de “Dajla – Marruecos”. No, no es que no sepamos geografía, es que Dajla no está en Marruecos. Pero todo vale y todo se permite.

Este negocio ilícito legitima una ocupación que pagan los saharauis con su sangre.

Son cómplices las empresas, los gobiernos que no impiden este tráfico ilícito, y tenemos responsabilidad nosotros, consumidores.

Mire Ud. la etiqueta de lo que va a comprar, y piénselo, porque puede que le empiece a saber amargo este delicioso manjar. Si la comunidad internacional no actúa, nosotros, sí. ¿El mercado impone su ley? Impongamos la nuestra al mercado.

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